Hay algo curioso en el mundo del emprendimiento. Nos hablan constantemente de oportunidades, crecimiento, estrategia y resultados. Pero pocas veces hablamos de lo que ocurre antes de tomar una decisión: todo lo que llevamos en la cabeza cuando la tomamos.
Durante más de diez años he trabajado vinculada al crédito y al riesgo financiero. Mi trabajo consistía, entre otras cosas, en analizar números, valorar riesgos y comprender si determinadas decisiones económicas eran sostenibles.
Y había algo que se repetía. Dos personas podían encontrarse en situaciones económicas similares y tomar decisiones completamente diferentes. Una afrontaba el problema; la otra lo evitaba. Una revisaba sus cuentas; la otra prefería no mirar. Y no siempre era una cuestión de conocimientos financieros.
Aquello empezó a interesarme cada vez más. Porque una cosa es saber lo que deberíamos hacer con nuestro dinero y otra muy distinta es entender por qué, aun sabiéndolo, hacemos exactamente lo contrario.
Cuando una inquietud profesional se convierte en algo personal
Con el tiempo comprendí que mi interés por el comportamiento financiero no procedía únicamente de mi experiencia profesional. También tenía que ver con mi propia historia. Todos crecemos escuchando determinadas frases sobre el dinero. Aprendemos lo que significa tenerlo, perderlo, pedirlo o necesitarlo mucho antes de entender cómo funciona una cuenta bancaria. Y esas experiencias suelen acompañarnos siempre.
Empecé a observar cómo los patrones, las creencias y determinados sesgos condicionaban nuestras decisiones económicas. No solo cuando comprábamos o ahorrábamos, sino también cuando negociábamos un sueldo, poníamos precio a nuestro trabajo o rechazábamos una oportunidad.
Ahí apareció una pregunta que acabaría convirtiéndose en uno de los ejes de mi trabajo: ¿Estoy eligiendo o estoy repitiendo?
Tener una idea no significa tener un negocio
Cuando decidí desarrollar mi propio proyecto, descubrí algo que probablemente conocen muchas personas que emprenden: tener conocimientos sobre un tema no significa saber convertirlos en una propuesta que otros puedan comprender y utilizar.
Tenía experiencia, formación, observaciones acumuladas y muchas ideas. Lo que no tenía era una estructura.
Así nació un proceso de trabajo organizado en cuatro fases: diagnóstico crudo, dirección, sistema y evidencia. Su finalidad es ayudar a las personas a observar su situación, identificar qué quieren cambiar, construir una estructura realista y comprobar si sus decisiones están produciendo resultados.
Pero convertir ese planteamiento en algo útil exigía bastante más que ponerle nombre. Había que ordenar conceptos, cuestionar hipótesis, desarrollar ejercicios y encontrar una manera de explicar cuestiones complejas sin perder claridad.
Y también había que aceptar que algunas ideas que parecían extraordinarias en mi cabeza no funcionaban igual de bien cuando intentaba llevarlas a la práctica.
El error de esperar a tenerlo todo preparado
Creo que una de las trampas del emprendimiento es pensar que llegará un momento en el que tendremos todas las respuestas. El producto perfecto, la página web perfecta, la estrategia perfecta y el momento adecuado. Pero mientras esperamos, solo hacemos eso: esperar.
En mi caso, desarrollar el proyecto mientras mantenía mis responsabilidades profesionales y familiares me obligó a establecer prioridades. A veces también a reconocer que estaba intentando abarcar demasiado.
He tenido que aprender a distinguir entre lo importante y lo que simplemente me apetecía hacer. Porque cuando emprendes, tener veinte ideas no significa que debas ejecutar las veinte al mismo tiempo.
He dedicado buena parte de mi vida profesional a evaluar riesgos ajenos. Y, sin embargo, cuando llegó el momento de apostar por mi propio proyecto, descubrí que conocer el riesgo no significa dejar de sentir miedo, significa aprender a decidir incluso cuando lo sientes.
De una metodología a un libro
En algún momento entendí que había una parte de todo este trabajo que necesitaba otro formato. No quería escribir un manual que se limitara a explicar cómo hacer un presupuesto o cuánto dinero ahorrar cada mes.
Quería hablar de lo que ocurre antes. De las personas que sienten vergüenza al mirar su cuenta, de quienes repiten decisiones económicas que les perjudican, de quienes confunden prudencia con miedo o creen que ganar más dinero resolverá automáticamente su relación con él.
Así nació NeuroRiqueza: Si no entiendes tu dinero, vas a ciegas. Escribirlo ha supuesto transformar años de experiencia, reflexiones y vivencias en un recorrido que otras personas puedan seguir. Y también me ha obligado a exponerme. Porque una cosa es analizar las decisiones de los demás desde una posición profesional y otra muy distinta es publicar tus propias ideas, contar parte de tu historia y aceptar que alguien pueda no estar de acuerdo contigo.
Emprender no siempre empieza con una oportunidad de mercado
A veces empieza con una pregunta que llevas años haciéndote, con algo que observas una y otra vez en tu trabajo, con una experiencia personal que te obliga a mirar un problema desde otro lugar. Después viene lo difícil: comprobar si aquello que para ti tiene sentido puede aportar valor a otras personas.
Mi proyecto todavía está en una etapa inicial. No tengo cifras extraordinarias de crecimiento que enseñar ni una historia de éxito cerrada que contar. Tengo un libro que está a punto de publicarse, una metodología que sigo desarrollando y muchas decisiones por delante.
Y precisamente por eso creo que merece la pena hablar también de esta fase del emprendimiento. De cuando todavía estás construyendo, de cuando hay más preguntas que respuestas. De cuando empiezas a comprender que emprender no consiste únicamente en tener buenas ideas, sino en aprender a tomar decisiones y responsabilizarte de ellas.
Porque, al final, el criterio no se demuestra con lo que dices que vas a hacer. Se demuestra con lo que haces.