Llevo diez años en esto del marketing digital y a lo largo del camino he visto muchísimas webs de empresas que acaban de empezar. Cambia el sector y el presupuesto, pero no lo errores. Casi siempre, los mismos. Por eso te cuento cuales son los que más dinero cuestan.
Cuando alguien monta una empresa entre la infinidad de cosas que tiene en la lista: proveedor, prestación de servicio/producto, tarjetas de visita, etc., etc., está la web. Es un trámite más de esa inmensa lista, “hay que tener una web”. Ahí es donde está el primer problema y del que derivan la mayoría de lo demás.
¿Por qué la elección de un local comercial o la decoración del despacho se llevan tanto tiempo y la creación de la web no? Una web no es un trámite. Es la puerta de entrada a “otro” tipo de cliente que va a decidir en cuestión de segundos si confía ti o no, si te compra o se va con el de la puerta de al lado, si te llama para pedirte presupuesto o se va con el fulano que le ha recomendado su vecina del quinto. Si lo tratas como un trámite más, te va a costar el dinero, y lo peor que no la ver en ninguna factura.
1. El diseño importa
Esto es nuestro pan de cada día: “quiero algo moderno, limpio, como la web de tal marca y que haga el efecto WOW” Y luego la travesía por el desierto de semanas eligiendo colores, tipografías, fotos.
Cuando la pregunta realmente importante que casi nadie se y es: ¿que tiene que hacer una persona cuando entra?¿Llamarte?¿Pedir presupuesto?¿Comprar?¿Reservar? Si nada de esto está claro antes de empezar el proceso, terminarás teniendo una web muy bonita y nada más.
He visto fotos espectacularmente bonitas que tienen el precio y el añadir al carrito escondidos o a un tamaño y tono que pasan totalmente desapercibidos o con formularios extensísimos. Y webs feas, feas, feas que generan ventas a diario porque tal como llegas sabes perfectamente lo que ofrecen, cuanto cuestan y como perderlo.
Primero lo que quieres que haga el cliente, luego el diseño.
2. ‘Tu’ web no es tuya
Error subsanable dedicando 5 minutos y prestando atención para evitar dolores de cabeza serios en el futuro.
Contratas al hijo de tu vecino que “sabe de esto”, a un freelance, a una agencia. Ellos registran el dominio, contratan el hosting, montan la web. Todo a su nombre, vinculado con su correo y sus claves. Y todo funciona estupendamente hasta que llega el día que el hijo del vecino encuentra trabajo y no te puede atender, el freelance no te coge el teléfono o dejas de colaborar con la agencia.
Ese días, SORPRESA, el dominio de tu empresa no es tuyo. No puedes entrar a cambiar un precio o una foto. Los correos de la empresa dependen de una cuenta que no controlas. He visto casos en los que hemo estado meses para poder recuperar un dominio e incluso algunas que han tenido que empezar de cero con otro nombre, otra marca.
La regla es sencilla y sagrada: el dominio, hosting y todos los accesos van a tu nombre o el de tu empresa, un correo de la empresa y las claves te las guardas tu. El proveedor trabaja con claves que tu le vas a dar y que le puedes quitar cuando desees. Sentido común.
3. “Doctor, en cristiano por favor”
El 90% de las webs de empresas que visites te vas a encontrar algo muy parecido: “Somos una empresa joven y dinámica, disruptiva, con pasión por la excelencia y compromiso total con nuestros clientes”.
Muy interesante, si. Eso no se lo lee nadie, y el que se lo lee no se lo cree.
Tu cliente entra para poder solucionar un problema o una necesidad que tiene y solo quiere saber si tu resuelves ese dolor que tiene, cuanto le va a costar y por qué deberías ser tu y no el otro. Si no encuentra rápido esto, se va con otro.
Ten en cuenta: casi todo el mundo revisa sus webs en el ordenador de sus casas/oficinas. Sin embargo, la mayoría de tus clientes la van a ver en el teléfono, con prisa y puede que con mala cobertura. Antes de darla por finalizada, coge tu teléfono y pregúntate si tu la entenderías en el metro.
Y… una pregunta incomoda: ¿por qué no pones los precios? Ya se que no siempre es posible poner los precios, pero en muchas ocasiones no se ponen por miedo, no porque haya un motivo concreto. Un “desde X euros” filtra curiosos y da confianza a quien de verdad va a comprar.
4. Pensar que, por tener web, la gente vendrá
No va a venir nadie, siento decirtelo. Una web nueva, sin historia, sin enlaces… es invisible para Google. Puedes pasar meses sin recibir visitas que no sean las de tus colegas y las tuyas propias.
Hay que ponerse manos a la obra, hay que invertir, pero no te vuelvas loco. Hay que decidir de qué manera quieres llegar a más gente. Está el SEO, que tarda, pero acumula; los anuncios, que es rápido pero en cuanto dejes de pagar porque tienes que pagar el IVA, se termina; por tus redes, tu boca a boca o tus comerciales. Lo que no vale es ni siquiera haberlo pensado.
Si vas apostar por Google, la estructura de la web tiene que pensarse para eso desde el principio: qué páginas hay, de qué habla cada una y qué busca la gente que podría comprarte. Arreglarlo después cuesta bastante más que hacerlo bien a la primera.
5. Darla por finiquitada
La web se publica y ahora todo el mundo se queda tranquilo, con el deber cumplido y no se olvida, vamos lo que se decía al saber la nota de un examen, “aprobado y olvidado” pero… dos años después sigue saliendo un equipo que ya no está, servicios que ya no se ofrecen, un blog con la última entrada de hacer más de 14 meses. Y la consecuencia es la pérdida de credibilidad.
O puede pasar lo contrario: empresas que cambian la web cada año porque se han cansado de verla. Cuando cambiar todo cada poco tiempo suele hacer más mal que bien, sobre todo si empiezas a aparecer en Google.
Quédate con esto
Una web no te va a salvar el negocio, milagritos a Lourdes. Pero una mala si te lo puede frenar, lo hacer sin avisar y con clientes que nunca vas a llegar conocer.
No hace falta gastar una fortuna. Necesitas tener claro lo que quieres, que sea tuya, que hable en el idioma de tu cliente, saber cómo va a llegar a tu cliente y no olvidarte de ella.
Solo con eso, ya vas por delante de la mayoría.