La inteligencia adaptativa: la otra IA
La irrupción de la IA ha acelerado la necesidad de adaptación, pero no todo vale, de aquí la necesidad de lo que este experto denomina inteligencia adaptativa

Una inteligencia adaptativa es aquella “capaz de evolucionar sin perder su esencia. Es decir, una forma de pensar, sentir y actuar, que no queda prisionera de sus automatismos, de sus miedos, de sus viejos hábitos o de las estrategias que, en algún momento de la vida, pudieron resultarnos de utilidad, pero que quizá hoy ya nos limitan más de lo que nos ayudan”.
La definición corresponde a Leandro Fernández Macho, conferenciante, formador, coach ejecutivo y de equipos, y consultor experto en liderazgo, gestión del cambio y gestión positiva del estrés.
También es escritor. Su último libro se titula ‘La personalidad adaptativa: Diseña tu mejor versión con la ciencia de los hábitos”, una lectura que puede resultar útil en la convivencia con las máquinas.

¿Por qué es necesario adaptarse?
La adaptación ha sido siempre una constante en la historia de la evolución. “Lo ha sido para las especies, para las personas, para las empresas y para cualquier proyecto que aspire a seguir vivo en un entorno en el que el cambio es lo único constante”, recuerda Fernández Macho.
Sin embargo, lo que distingue el momento actual de otras etapas es que la IA está actuando como “un acelerador brutal de transformación” del entorno en el que veníamos moviéndonos.
“Está cambiando la forma de trabajar, de aprender, de crear, de competir, de vender, de liderar y, probablemente, de entender nuestra propia aportación de valor como profesionales”.
El entorno
Ese cambio de escenario es lo que requiere desarrollar una personalidad adaptativa. “Es importante porque vivimos en un entorno cada vez más Vertiginoso, Incierto, Desafiante y de Aprendizaje permanente. Y en la V.I.D.A. que nos está tocando vivir, no basta con acumular conocimiento o experiencia.
También necesitamos revisar desde dónde respondemos a lo que nos ocurre”, explica el experto. De cómo vivamos y afrontemos el cambio va a depender de cada cual.
La otra IA
Negar la llegada de la IA es absurdo, igual que resistirse a adoptarla. El riesgo es quedarse por el camino. La clave para Fernández Macho está en distinguir entre “adaptarse con inteligencia” o “dejarse arrastrar por la fascinación tecnológica, por la presión competitiva o por el miedo a quedarse fuera”.
Se trata, entonces, de aprender a relacionarnos con lo nuevo, pero sin renunciar a nuestros valores e identidad. A la confluencia de criterio, autorregulación, curiosidad, flexibilidad, ética, colaboración y capacidad de aprender de forma permanente, se refiere el autor cuando habla de la inteligencia adaptativa.
Pensamiento crítico
Pero adaptarse al cambio no implica aceptarlo sin más, sin cuestionar los pros y los contras. En este nuevo contexto, el pensamiento crítico se convierte en competencia troncal. Entre otras cosas por esa habilidad que muestra a veces de IA de equivocarse bien y de manera convincente.
Subraya también el autor la necesidad de establecer límites y el derecho a decir no a la IA. “Tal vez no todo lo que pueda hacerse deba hacerse y no todo lo que pueda automatizarse deba automatizarse. Quizás no todo lo eficiente sea necesariamente bueno para el futuro de la humanidad”.
Límites de la IA
En cuanto a las fronteras que, en opinión del experto, habría que levantar en torno a la IA, hay cuatro que considera fundamentales:
- No delegar el criterio. Podemos apoyarnos en la IA para pensar mejor, pero no para dejar de pensar.
- Proteger la intimidad. No deberíamos entregar cualquier información personal, emocional, estratégica o sensible a sistemas cuyo uso futuro no siempre comprendemos del todo.
- Cuidar el vínculo humano. Si una tecnología empieza a sustituir sistemáticamente conversaciones, presencia, escucha y relación real, conviene hacerse preguntas.
- Responsabilidad. Cuando una decisión afecta a personas, no podemos escondernos detrás de un algoritmo. La herramienta puede proponer, ordenar o sugerir. Pero la responsabilidad sigue siendo nuestra.

La empresa adaptativa
En el ámbito empresarial, la IA puede automatizar procesos, acelerar la producción o a explorar de forma más rápida y eficiente, aunque hay quien acusa aún bajo impacto. Pero advierte Fernández Macho de que no se trata de convertirse en un animal diferente. Para ello conviene diferenciar entre esencia y forma.
Explica que la esencia tiene que ver con quiénes somos, qué valor aportamos, qué principios no queremos traicionar, qué relación queremos construir con clientes, empleados, accionistas, proveedores y sociedad.
La forma, sin embargo, puede cambiar mucho más. Atañe a procesos, canales, productos, estructuras, herramientas o modelos de trabajo.
Gestión del cambio
Tampoco en este caso se trata de aceptarlo todo ni de “cambiarlo todo, todo el tiempo”. Actitudes como esta las relaciona más con “ansiedad disfrazada de agilidad” que con una verdadera adaptación. La clave está en tener claro lo que debe cambiar, qué conservar y qué proteger.
“Si una organización cambia sin criterio, puede perder identidad, diluir su marca, erosionar su cultura y generar una enorme fatiga interna. Pero si no cambia nada porque está demasiado enamorada de su historia, de su modelo o de sus éxitos pasados, también corre un riesgo evidente: quedarse fuera del tiempo y acabar muriendo”, observa.
“Cuando una empresa confunde forma con esencia, cualquier cambio se vive como una amenaza. Y cuando confunde adaptación con movimiento permanente, cualquier pausa se vive como una pérdida de competitividad. En mi opinión, ambas cosas son peligrosas”.
Fatiga de cambio
Habla también este experto de los límites de la capacidad adaptativa dentro de las organizaciones empresariales. Apunta, sobre todo, a las personas que las integran, con una capacidad de energía, atención y capacidad emocional limitadas.
Criterio humano
Cuando una empresa encadena transformaciones sin explicar bien por y para qué y sin escuchar al equipo el riesgo que se corre es acabar quemándolo. Este experto lo llama “la fatiga de cambio”, efecto que termina generando “baja motivación, aumenta el cinismo y deterioro en la calidad de las decisiones”.
La forma de que no aparezca esa fatiga de cambio es hacer una adaptación correcta encontrando nuevas formas de seguir siendo relevante sin traicionar la propia identidad.
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