En casi todas las formaciones que doy aparece la misma pregunta, y suele llegar en el descanso, con el café en la mano: «David, ¿qué nos recomiendas, ChatGPT, Copilot o Claude?».
Mi respuesta les decepciona, porque les devuelvo otra pregunta: ¿dónde se va mejor de vacaciones, a Cádiz o a Madrid?
Depende de lo que busques. Si quieres playa, Cádiz. Si quieres museos, Madrid. Con las herramientas de IA pasa igual, con una diferencia incómoda: aquí la elección se paga en licencias y en horas de plantilla.
El problema de fondo no es cuál se elige. Es que se elige primero. Muchas pymes están montando la casa por el tejado: contratan, reparten usuarios y esperan que algo cambie. No cambia nada. Una licencia no modifica la forma de trabajar de nadie.
Antes de firmar nada, yo pondría cinco preguntas encima de la mesa del comité de dirección:
- ¿Dónde estamos perdiendo más tiempo?
- ¿Qué tareas repetimos todas las semanas?
- ¿Dónde se nos acumulan los errores?
- ¿Qué información tenemos y no estamos aprovechando?
- ¿Qué proceso movería las ventas, el margen o el servicio si fuese un 20 % más eficiente?
Y después, un orden: problema, proceso, datos, piloto, medición, escalado. La herramienta aparece en el cuarto paso. Nunca en el primero.
Un ejemplo de andar por casa. Una empresa detecta que preparar un presupuesto comercial le lleva una hora de media. Antes de comprar nada, mira cómo lo hace hoy, localiza qué datos necesita y dónde están, y monta un asistente sencillo: un buen prompt, un proyecto compartido, poco más. Lo prueba con veinte presupuestos reales. Mide tiempo y errores. Y entonces decide si merece la pena escalarlo al resto del equipo comercial.
Si esa hora baja a veinte minutos, el ahorro es de 40 minutos por presupuesto. Con 20 presupuestos a la semana y 48 semanas de actividad, salen 640 horas al año. Son números redondos y una hipótesis, pero cualquier gerente puede rehacer ese cálculo con los suyos en diez minutos. Esa cuenta es la que debería decidir la inversión, y no la tabla comparativa de precios de tres proveedores.
Cuando se empieza por la herramienta, en cambio, se repiten siempre los mismos cuatro problemas.
Nadie pilota. Cada persona va a lo suyo, nadie comparte lo que descubre y el aprendizaje se queda en cabezas sueltas. Propongo a mis clientes que reserven media hora a la semana, durante unos meses, para que la gente cuente qué está haciendo con la IA. Es lo más barato que pueden hacer y casi siempre lo más rentable.
La formación no existe, o se queda en «esto es un prompt». Eso ya tiene consecuencias legales. Desde febrero de 2025, el artículo 4 del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial obliga a cualquier empresa que use estas herramientas a adoptar medidas para que su plantilla tenga un nivel suficiente de alfabetización en IA, y desde agosto de 2026 hay autoridades que pueden entrar a comprobarlo. El otro riesgo es más inmediato y menos comentado: gente pegando información sensible de clientes en un chat gratuito.
Se elige una única herramienta para toda la empresa. Como si marketing y finanzas hicieran el mismo trabajo. Se puede cortar el jamón con el cuchillo de untar mantequilla y untar la mantequilla con el jamonero. Nadie lo hace en su cocina. En cambio, con el software lo hacemos todos los días y nos parece razonable.
Y el cuarto, el más caro: no cambia el resultado, solo la velocidad. Se entrega lo mismo de siempre, un poco antes. Eso tenía valor en 2023. Hoy la rapidez la da por descontada hasta el cliente más despistado, y el listón está en entregar algo que antes no podías entregar.
Estamos en la segunda ola, la de los agentes, y tener IA ya no distingue a nadie. Lo que distingue es la profundidad de uso. Ahí queda muchísimo margen: la mayoría de empresas no llega ni a la mitad de las capacidades de las licencias que ya está pagando todos los meses.
Sobre por dónde empezar, sirve una imagen doméstica. Cada 1 de enero miles de personas se apuntan al gimnasio con la mejor intención. El 31 de enero quedan cuatro. Los hábitos de doce años no se cambian en tres semanas, y una empresa es un señor con muchos hábitos.
Un arranque sensato cabe en noventa días: diagnosticar y elegir entre uno y tres procesos, pilotarlos durante el segundo mes, y dedicar el tercero a medir, corregir y escalar lo que haya funcionado. Con esa lógica estructuré «Guía práctica de IA para pymes» en tres etapas: entender y prepararse, aplicar la IA a los procesos de la empresa y salir con un plan de acción a noventa días.
La pyme que se pregunta qué herramienta comprar y a quién dársela le está regalando ventaja a su competencia. La pregunta que sí sirve es otra, y conviene hacérsela en voz alta en la próxima reunión de dirección:
¿Qué problema de mi empresa podría estar resolviendo ya con inteligencia artificial y sigo resolviendo igual que hace cinco años?
Cuando aparece esa respuesta, la herramienta pasa a ser un asunto de intendencia. Como la electricidad: ninguna empresa monta un comité para decidir qué comercializadora la suministra. Lo que importa es qué máquinas enchufa y para qué.