
Guillermo Ríus
Asesor senior experimentado en consultoría, retail, automoción, TI y telecomunicaciones
Lo que mi amiga Elena aprendió emprendiendo (y que un viejo libro ya nos había contado)
Emprender no es un camino de rosas, pero merece la pena intentarlo porque ese viaje nos transforma, haciéndonos mejores empresarios, mejores profesionales y, muchas veces, mejores personas

Cené hace unos días con una amiga, Elena, a la que hacía meses que no veía. Hará dos años que decidió emprender, junto con una socia, un proyecto de turismo y hostelería en un entorno rural.
De esos negocios que, vistos desde fuera, parecen estar hechos de desayunos al sol, clientes agradecidos y paisajes idílicos. En la zona no había competencia, y sobre el papel, todo pintaba bien.
La realidad fue bastante distinta.
Durante los primeros meses la vi preocupada, agotada y, en ocasiones, incluso desbordada. Había días en los que parecía que todo lo que podía complicarse encontraba la manera de hacerlo: proveedores, clientes, licencias, reservas, imprevistos, caja… La lista era interminable.
Sin embargo, por primera vez en dos años, en esa cena, hubo algo diferente. Mientras compartíamos tomate, torreznos y ensaladilla rusa, le dije:
—Te veo mucho mejor. Se te nota.
Sonrió y respondió con una frase muy sencilla:
—El negocio ya está algo más asentado… y es que hemos aprendido mucho. Metiendo la pata.
La respuesta se me quedó dando vueltas durante días porque, aunque todos hablamos del éxito del emprendimiento, pocas veces hablamos del aprendizaje que exige llegar hasta él.
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Hace ya más de veinte años, Fernando Trías de Bes publicó El libro negro del emprendedor. En una época en la que la mayoría de libros prometían fórmulas para triunfar, él hizo justo lo contrario: explicar por qué fracasan tantos proyectos.
Curiosamente, el libro ha envejecido extraordinariamente bien. No porque el mundo sea el mismo —claramente no lo es—, sino porque las causas profundas del fracaso siguen siendo sorprendentemente parecidas.
No solemos fracasar porque aparezca una tecnología nueva, ni porque cambien las redes sociales, ni siquiera porque llegue la inteligencia artificial. Fracasamos, muchas veces, por razones mucho más humanas.
Una serie de errores
El libro insistía en una idea que sigue resultando incómoda: el principal riesgo de una empresa no suele ser la idea. Es el propio emprendedor. Consciente o inconscientemente, acaba cayendo en algunas trampas provocadas por su exceso de optimismo.
1. Todo nos irá bien
Tendemos a enamorarnos de nuestras soluciones, a sobreestimar nuestra capacidad, a infravalorar el tiempo necesario para conseguir clientes y a pensar que los problemas importantes llegarán más adelante.
La realidad tiene bastante menos delicadeza y nos planta los problemas encima de la mesa (los imaginados, y muchos más) desde el primer día.
2. Mis socios son estupendos
Otra de las ideas que mejor ha resistido el paso del tiempo es la importancia de elegir bien a los socios. Muchos proyectos empiezan entre amigos, y muy muy pocos sobreviven únicamente gracias a la amistad.
Compartir una empresa exige mucho más que llevarse bien. Significa compartir una forma de trabajar, una ambición, unos valores y, sobre todo, una manera de afrontar los momentos difíciles.
Cuando todo va bien, casi cualquier sociedad funciona. Amigo, la verdadera prueba llega cuando las cosas empiezan a torcerse, cosa que va a pasar constantemente. Como en el amor, no se trata de que nunca lleguen los problemas, sino de cómo nos comportemos cuando aparezcan.
3. Mi idea es tan buena que funcionará sola
También me parece muy vigente otra reflexión del libro: las ideas importan mucho menos de lo que solemos creer. Seguimos fascinados por encontrar “la gran idea”, cuando la historia demuestra una y otra vez que el éxito suele depender bastante más de la ejecución que de la inspiración.
Una idea brillante mal ejecutada vale poco. Una idea razonable ejecutada con constancia puede terminar siendo un magnífico negocio. La cosa suele ir más de ejecutar bien que de ser brillante, original, creativo.
4. Puedo con todo, soy Superman, o Superwoman
Y luego está algo que apenas aparece en los planes de negocio: el desgaste emocional.
Hay semanas en las que emprender consiste únicamente en seguir adelante: dormir mal, dudar, tomar decisiones con información incompleta, resolver marrones en tiempo real que nadie había previsto, levantar la persiana al día siguiente y sonreír cuando no te tienes en pie. Día a día, semana a semana. Sin aplausos ni reconocimientos. Con la familia quejándose de tu ausencia, o de su actitud ausente cuando estás presente.
Eso tampoco suele salir en las fotografías de LinkedIn o los posts de Instagram. Un poco de maquillaje y un retoque a la foto puede esconder el impacto continuado del desgaste, sí. Pero cuidado a largo plazo…
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Mi amiga Elena no me habló de estrategias disruptivas ni de modelos de negocio innovadores. Me habló de todo lo que habían aprendido. De cómo habían afinado los procesos y entendido mejor a sus clientes. Cómo habían descubierto errores que jamás habrían visto desde la vocación que les llevó a emprender. Me explicó cómo habían aprendido a priorizar y cómo habían dejado de reaccionar para empezar a anticiparse.
Y, mientras la escuchaba, pensé que quizá ahí estaba la diferencia entre quien acaba abandonando y quien termina construyendo algo sólido. El verdadero activo que construye un emprendedor no es su empresa. Es su criterio. Y ese criterio casi siempre nace de los errores.
Hay una frase atribuida a Henry Ford que dice: “El fracaso no es más que la oportunidad de empezar de nuevo con más inteligencia. No hay deshonra en el fracaso honesto; la deshonra reside en el miedo a fracasar”.
Describe bastante bien lo que estaba viendo delante de mí. Mi amiga no era la misma emprendedora que había empezado unos meses antes. No porque ahora supiera más sobre turismo y hostelería. Era distinta porque había cambiado ella, desarrollando criterio, distinguiendo lo urgente de lo importante. Había ganado serenidad. Y eso probablemente valga más que cualquier plan de negocio.
No estoy diciendo que emprender sea para todo el mundo. No lo es. Ni tampoco que haya que romantizar el sufrimiento. Emprender puede ser duro, muy duro. Puede afectar a la economía, a la familia, al descanso y, en ocasiones, incluso a la autoestima.
Sencillamente, conviene saberlo antes de empezar. Si uno lleva tiempo sintiendo ese gusanillo, merece la pena intentarlo, no porque el éxito esté garantizado, sino porque, incluso cuando las cosas no salen exactamente como esperábamos, el viaje nos transforma, haciéndonos mejores empresarios, mejores profesionales y, muchas veces, mejores personas.
Por eso me alegró tanto verla sonreír.
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