Ibrahim Jabary
Ibrahim Jabary CEO y fundador de Game Strategies

La IA no se aprende con un PDF

Según este experto, Europa ha rebajado la obligación de formar a las plantillas en inteligencia artificial. Es el peor momento para conformarse con el mínimo

Imagen de un libro abierto donde salen números y letras junto a la IA
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El 27 de julio entró en vigor, casi sin ruido, un cambio en el Reglamento europeo de Inteligencia Artificial. Hasta entonces, su artículo 4 pedía a las empresas que desarrollan o usan sistemas de IA garantizar, en la medida de lo posible, un nivel suficiente de alfabetización en IA de su personal. Tras el llamado Ómnibus Digital, la exigencia es otra: adoptar medidas para apoyar ese aprendizaje, sin asegurar un nivel concreto para cada persona.

Muchos directivos lo han leído como un alivio. Yo lo leo como una trampa.

La trampa es conocida. Cuando una norma pide «tomar medidas» y no fija un resultado, la respuesta más barata es el curso de trámite: un vídeo de veinte minutos, un test de diez preguntas y un certificado archivado en la intranet. La casilla queda marcada. Y el lunes siguiente alguien pega un contrato con datos de clientes en un asistente gratuito, porque nadie le enseñó a dudar.

Llevo casi veinte años viendo cómo se forma a la gente en las empresas, y la conclusión es tozuda: lo que solo se lee, se olvida. La IA no es una excepción; es el caso más claro. Lo que hace falta es criterio: saber cuándo fiarse de una respuesta, qué información no se comparte nunca y cuándo un uso roza lo prohibido. Y el criterio se entrena tomando decisiones.

España, además, ha decidido acelerar. El Plan IA360 aspira a que el 55 % de las empresas use inteligencia artificial en 2030, frente al 21,1 % actual. El nuevo Bono IA, con 600 millones de euros para pymes y autónomos, exigirá requisitos de formación de los trabajadores. Es una buena noticia. Pero si duplicamos el número de empresas que usan IA sin cambiar la forma de formar, también duplicaremos los errores.

Tres ideas que funcionan

1. Formar en criterio

Las herramientas cambian cada pocos meses; las preguntas correctas (¿esto es fiable?, ¿puedo compartir estos datos?, ¿quién responde si falla?) sirven para todas.

2. Practicar antes de usarla de verdad

Nadie aprende a aterrizar un avión con un manual; se entrena en un simulador. Con la IA pasa lo mismo: la gente necesita un entorno seguro donde equivocarse sin consecuencias. En Technocity, uno de nuestros simuladores, el jugador se convierte en responsable de ética digital de una ciudad europea y, en 30 minutos, decide qué propuestas tecnológicas cumplen el Reglamento y cuáles no. Así la norma se aprende aplicándola.

3. Medir la aplicación, no las horas

La pregunta útil es cuántas personas usan lo aprendido y qué cambia en su trabajo. Cuántas han terminado el curso dice poco.

Lo hemos comprobado con clientes. Enagás ofreció a toda su plantilla, de forma voluntaria, un videojuego formativo sobre IA generativa en el que se practicaba con casos reales de la compañía, como la elaboración del Informe Anual. El 98 % de los participantes consideró lo aprendido aplicable a su trabajo y el 91 % lo recomendaría. Nadie estaba obligado a hacerlo.

Toda la plantilla

Hay un último error frecuente: pensar que la alfabetización en IA es cosa del departamento de sistemas. Quien más riesgo corre suele ser el comercial que resume una reunión con un asistente, la persona de administración que pide a un chatbot que revise una factura o el equipo de selección que filtra currículos con una herramienta que no entiende del todo. El uso de la IA en el empleo, por cierto, es una de las áreas que el Reglamento considera de alto riesgo.

La norma europea ya no exige garantizar un resultado. Precisamente por eso, el resultado depende ahora de cada empresa. La alfabetización en IA se ve en lo que hace una persona un martes cualquiera cuando tiene delante una herramienta que no entiende del todo. Y eso no se aprende con un PDF.

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