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Guillermo Ríus

Asesor senior experimentado en consultoría, retail, automoción, TI y telecomunicaciones

Emprender, ¿y si no es lo que querías?

Este experto profundiza en el deseo de emprender: el mayor error profesional que puedes cometer no es equivocarte de sector. Es equivocarte de vida

Emprender, ¿y si no es lo que querías?

Hace unas semanas, tuve ocasión de hacer una sesión de mentoring con una alumna brillante de una escuela de negocios donde doy clase. Buen currículum, experiencia internacional, mirada despierta, y una idea clara: quería emprender.

Pero no porque hubiera detectado una oportunidad única de negocio o sintiera una pulsión imparable. Quería emprender… porque era lo que tocaba. Porque “ya tenía una edad”, porque “estaba cansada de jefes mediocres” y porque, en el fondo, sonaba bien eso de ser su propia jefa.

Cuando rascamos un poco, la cosa se volvió interesante. Se sometió a una batería de tests para conocer cómo afronta los retos profesionales, y cuáles son los elementos que le motivan, y los resultados le abrieron la puerta a replantearse esa pulsión emprendedora.

Por una parte, quedaba claro que disfrutaba más trabajando en equipo que liderando sola. Que necesitaba estabilidad emocional para rendir bien. Que las decisiones financieras le generaban ansiedad.

Y que lo que de verdad le ponía en marcha no era ganar dinero ni crear o hacer crecer una empresa, sino el sentimiento de saber que contribuía a algo útil.

Así que, lo de emprender se vino abajo. Ella estaba buscando en el emprendimiento una solución equivocada a una pregunta mal formulada.

La sesión de mentoring le vino bien, pero en el fondo fue un pequeño terremoto, y una liberación. Cayó en la cuenta de que lo que creía que quería no encajaba con la forma en que ella está hecha, en lo que realmente le movía en la vida.

Y eso, lejos de ser una derrota, fue una victoria: dejó de correr en una dirección que no le correspondía, solo porque parecía la correcta.

Nos han dicho muchas veces que para tener éxito hay que estudiar, dominar herramientas, entender el mercado, asistir a ferias y estar suscrito a un buen puñado de newsletters.

Que hay que ser técnicamente potente, un experto, que tenemos que tener todo bajo control, ser productivos, confiables. Que hay que ser súper líderes, estar al frente, ocupar posiciones de alta, qué digo, altísima responsabilidad. Un empleado redondo, perfectito en todo.

Todo eso es bueno, pero no en valor absoluto: depende de la madera de cada cual.

Por eso, hay algo más estratégico que la estrategia de la empresa: conocerse bien a uno mismo, saber cómo trabajamos, qué nos cansa, qué nos pone en marcha, qué tipo de tareas nos drenan, en qué tipo de relaciones y situaciones brillamos, qué decisiones nos dan energía, y cuáles nos pesan durante días o años.

La mayoría de personas no se detiene a pensar en esto. No porque no lo consideren importante, sino porque simplemente no saben cómo hacerlo. La vida profesional suele vivirse en modo respuesta: estudié esto, entré a trabajar en esto otro, me ofrecieron esto, y dije que sí.

Y así, sin darte cuenta, puedes haber pasado diez años siendo bueno en algo que no te interesa, creciendo en una dirección que no se parece en nada a ti, o acumulando diplomas en áreas que en realidad ni te motivan ni te definen.

Y claro, un día dices: “Quiero emprender”. O: “Quiero cambiar de sector”. O: “Quiero montar algo propio porque estoy harto de trabajar para otros”. Pero lo que no has hecho aún es pararte a pensar si eso que dices querer… va contigo de verdad.

Hay personas que disfrutan como nadie vendiendo. Otras sufren solo de pensarlo. Las hay que sacan energía de la incertidumbre, y otras que se bloquean si no hay estructura clara.

Algunas se sienten bien liderando equipos grandes, y otras lo consideran un castigo. Y no hay una forma buena y otra mala: simplemente hay formas distintas de estar en el mundo. Lo clave es saber cuál es la tuya.

Conocer cómo eres, de verdad, no es una cuestión tan soft como dicen; puede que sea lo más hard, lo verdaderamente nuclear. Es lo más práctico y estratégico que puedes hacer si quieres tomar decisiones profesionales con sentido, porque cada elección implica un estilo de vida.

Montar una empresa implica un tipo de presión, una forma de exposición, un determinado nivel de soledad, una relación con el dinero, con el tiempo, con la responsabilidad.

Pero no es está una reflexión sólo para emprendedores (propietarios) sino también para directivos (empleados), cuando asumen un nuevo puesto de liderazgo, cambian de industria o si se mudan a otro país.

Por eso sorprende que dediquemos horas y horas a estudiar métricas, casos de éxito, modelos de negocio, software de IA… pero no dediquemos ni una tarde a entender cómo funcionamos nosotros mismos.

A veces, el mayor freno no está en el mercado ni en la competencia, sino en que estás remando hacia un destino que no deseas en el fondo.

Lo que más me llama la atención en las conversaciones con emprendedores, directivos o profesionales en proceso de cambio no es lo que saben… sino lo que no se han preguntado aún.

Muchos conocen al dedillo su sector, tienen tablas y buen juicio. Pero no saben qué les hace felices trabajando, ni qué tipo de entorno laboral les sienta bien, ni qué situaciones les quitan el sueño, ni si realmente están buscando dinero, reconocimiento, libertad o propósito.

Esto no se resuelve leyendo un libro o haciendo una lista de pros y contras. Es un proceso más profundo. A veces implica mirar hacia atrás, a momentos de tu vida en los que te sentiste especialmente satisfecho o frustrado.

Otras veces, se trata de observarse con honestidad en la rutina actual: ¿Qué tareas se te pasan volando y cuáles te pesan como una losa? ¿Qué tipo de reuniones te energizan y cuáles te agotan? ¿Qué conversaciones repites mentalmente cuando llegas a casa?

Cuanto más claro tienes esto, más capacidad tendrás de tomar decisiones alineadas contigo. Porque el problema no es cambiar de trabajo o montar un negocio. El problema es hacerlo sin saber qué estás buscando realmente.

Entonces, puedes pasarte años persiguiendo metas ajenas. Y eso, más tarde o más temprano, se nota. En la motivación, en la energía, en la salud y en la cuenta corriente, incluso.

La paradoja es que nos han hecho creer que conocerse a uno mismo es una especie de lujo, un adorno, algo que está bien pero que no es imprescindible.

Cuando en realidad, es lo que te permite construir una carrera profesional (o una empresa) que te aguante diez, veinte, treinta años sin que revientes por dentro.

Y no, no hablo de encontrar el trabajo perfecto, porque no existe. Hablo de encontrar un lugar donde la mayor parte del tiempo puedas ser tú. Donde no tengas que ir disfrazado cada lunes, ni encogido, ni en guardia. Donde tus talentos naturales tengan espacio, y donde tus límites sean aceptables sin tener que estar demostrando todo el rato que “vales”.

Así que, seas emprendedor, directivo, freelance o asalariado, me permito lanzarte una sugerencia: deja de buscar fuera y dedica un poco más de tiempo a mirar dentro. Menos podcasts de gurús, y más conversación honesta contigo mismo.

Porque el mayor error profesional que puedes cometer no es equivocarte de sector. Es equivocarte de vida.

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