Paola Gutiérrez
Paola Gutiérrez Country Manager de Legendary en España

Al otro lado de la frontera, nadie te conoce

Esta experta explicar cómo es el proceso de expandir una compañía a un país nuevo con códigos culturales diferentes

ejecutivo pensativo frente a un mapa del mundo
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Cuando una empresa decide salir a otro país, la conversación suele centrarse en la logística: dónde abrir oficina, cómo facturar o qué estructura legal montar. Todo eso importa, pero lo que determina si el proyecto arranca o se queda en un intento es algo mucho más humano: las personas que lo lideran sobre el terreno.

Da igual la trayectoria que una compañía haya acumulado en su mercado de origen, porque al cruzar la frontera su reputación vuelve a cero y el cliente local no tiene ninguna obligación de conocerla. Por eso, contar con talento del país es lo que permite que la marca deje de percibirse como alguien de fuera y empiece a moverse con los códigos del mercado en el que quiere crecer.

Tampoco conviene elegir destino por intuición o por simple cercanía geográfica. Antes de dar el paso hay tres preguntas que merece la pena responder con honestidad: si el mercado tiene tamaño suficiente, si existe una ventana de oportunidad real y si están las personas adecuadas para liderar el proyecto.

La tercera es la que más a menudo se pasa por alto y, sin embargo, es la que acaba decidiendo. Que sea posible entrar no significa que haya llegado el momento; ese momento llega cuando la compañía sabe qué puede aportar de diferente al nuevo ecosistema y tiene claro quién lo va a defender allí.

Lo digo por experiencia propia, porque he vivido este proceso desde los dos lados de la mesa. Conocí Legendary como cliente, cuando era CMO de Motorola y la agencia desarrollaba nuestra estrategia de marketing en Portugal.

Cuando después asumí la dirección de Legendary en España, haber trabajado antes con el equipo me dio una ventaja difícil de conseguir de otra forma: sabía qué valoraba el cliente, qué funcionaba y qué había que preservar al llevar esa forma de trabajar a otro país.

Esa experiencia me enseñó que internacionalizarse tiene poco que ver con copiar una fórmula y mucho con trasladar una cultura de trabajo que ya ha demostrado funcionar, adaptándola a un cliente que piensa y decide de otra manera. Tener una red previa de clientes con intereses en ambos países reduce el riesgo inicial, pero no ahorra el trabajo de ganarse una relevancia propia.

El otro factor que marca la diferencia entre acertar y fracasar es la autonomía real del liderazgo local frente a la sede. Quien pilota la expansión tiene que poder tomar decisiones con agilidad, sin pedir permiso a la central para cada movimiento. El cliente lo nota enseguida, porque percibe que está hablando con alguien capaz de resolver y no con un intermediario que tiene que consultarlo todo.

Dicha autonomía, eso sí, necesita apoyarse en una estructura sólida. En el mundo de las agencias, donde el caos se ha llegado a asumir casi como parte del oficio, el orden y los procesos claros son una ventaja competitiva brutal. Una metodología bien definida no le resta espacio a la creatividad; le da la tranquilidad de poder arriesgar sabiendo que detrás hay un equipo capaz de responder con rigor a lo que exige el cliente.

Por último, internacionalizarse obliga a aceptar que buena parte de lo que funcionaba en casa no va a funcionar fuera. Los principios se mantienen, pero la forma de hacer las cosas tiene que adaptarse a la cultura local.

Y, sobre todo, hay que ir a construir, no a probar, porque quien entra en un país pensando que en seis meses puede recoger si la cosa no sale nunca hará la inversión necesaria, ni creará las relaciones que sostienen un negocio, ni tomará las decisiones valientes que hacen falta para consolidarlo.

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