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Jorge López

CEO de Incógnito

La IA y el error de intentar adivinar el futuro

Este experto analiza el impacto de la IA y cómo muchas marcas la están utilizando hoy más como reclamo comercial que como propuesta de valor real

La IA y el error de intentar adivinar el futuro

La inteligencia artificial se ha convertido en el gran tema de conversación. Empresas, gobiernos y ciudadanos intentan entender qué impacto tendrá esta tecnología en la economía, el empleo y la forma en que vivimos.

Cada semana aparecen nuevas herramientas, promesas de productividad casi ilimitada y predicciones que van desde el entusiasmo absoluto hasta el miedo al reemplazo masivo de puestos de trabajo.

Puede que el mayor error que estamos cometiendo sea asumir que ya sabemos hacia dónde va todo esto (o que alguien, en Silicon Valley o Shenzhen, sabe dónde acabaremos). 

Las consecuencias de la innovación

La historia de la innovación demuestra lo contrario: las grandes revoluciones tecnológicas rara vez terminan transformando el mundo de la manera en que fueron imaginadas en sus inicios. 

Cuando los hermanos Wright inventaron el avión, intentaron venderlo utilizando argumentos que ahora resultan casi ingenuos.

Uno de ellos era que serviría para evitar guerras, porque permitiría detectar la llegada de los ejércitos desde el aire. La realidad fue muy distinta: pocos años después llegaron dos guerras mundiales en las que la aviación tuvo un papel decisivo.

También se promocionaba el avión como una especie de atracción tecnológica. Se exhibía en ferias para atraer visitantes a los stands, algo muy parecido a lo que ocurre hoy cuando determinadas compañías utilizan la etiqueta “con la IA” casi como reclamo comercial, con independencia del valor real que esta aporte.

Con la IA puede suceder exactamente lo mismo

Hoy estamos obsesionados con medir qué profesiones desaparecerán, qué procesos se automatizarán o qué tareas podrán resolverse en segundos. Es lógico: toda tecnología disruptiva genera incertidumbre.

Pero quizá no nos estemos haciendo las preguntas verdaderamente importantes. Igual que el aeroplano modificó la guerra y abrió la puerta a un nuevo sector como el turismo, la IA no solo modificará industrias existentes; también creará otras completamente nuevas, hoy difíciles de imaginar.

Eso obliga a incluir un elemento fundamental en cualquier conversación sobre inteligencia artificial: la prudencia. No desde el miedo ni desde el inmovilismo, sino desde la honestidad intelectual.

Muchas de las predicciones actuales se cumplirán, pero otras quedarán obsoletas en muy poco tiempo. Y, sobre todo, surgirán oportunidades, modelos de negocio y dinámicas sociales que hoy todavía están fuera del tablero.

Ejemplos tecnológicos

La historia tecnológica está llena de ejemplos similares. Internet no transformó únicamente los medios de comunicación, sino que además dio lugar a la economía de plataformas, las redes sociales, el streaming o el comercio electrónico masivo.

Los smartphones no solo mejoraron las llamadas telefónicas; redefinieron la movilidad, el consumo y la relación entre las personas y la información. Con la IA ocurre algo parecido: estamos intentando analizar el futuro utilizando categorías del presente.

Por eso, más allá de la velocidad de adopción, de adaptación o de la presión competitiva, las empresas deberían evitar dos extremos igualmente peligrosos: quedarse atrás por miedo o subirse a la ola de forma irreflexiva.

La clave probablemente estará en experimentar, aprender y adaptarse sin asumir que ya entendemos completamente las reglas del nuevo escenario. Y, sobre todo, sin confundir velocidad con inteligencia.

Porque la IA puede ayudarnos a producir más, sí. Pero producir más no significa necesariamente producir mejor. Los planes quinquenales soviéticos son una buena advertencia sobre esto: cuando el objetivo era fabricar millones de botas, el sistema podía cumplirlo… aunque fueran todas del pie izquierdo.

Con la IA puede ocurrir algo parecido. Podemos generar más textos, más imágenes, más presentaciones, más informes y contenidos que nunca. Pero si nadie se pregunta antes para qué sirven, a quién ayudan o qué valor aportan, quizá solo estemos fabricando botas digitales del pie izquierdo.

Sabemos que esta tecnología cambiará muchas cosas. Pero la verdadera revolución quizá no esté en lo que hoy imaginamos, sino precisamente en todo aquello que todavía no somos capaces de ver.

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