Pedro García
Pedro García Socio fundador de Mínima Cía

La IA no multiplica el crecimiento, desplaza el cuello de botella

Según este experto, la IA no multiplica automáticamente el crecimiento de una empresa, multiplica la capacidad de determinadas partes del sistema

Un robot con aspecto humano piensa sobre varias opciones
Compartir:
WhatsApp Facebook X Threads

Durante los últimos meses he tenido una sensación extraña como empresario. En Mínima Cia., la agencia que dirijo desde 2003, hemos conseguido acelerar de forma espectacular muchos procesos gracias a la inteligencia artificial. Tareas que antes requerían horas, incluso días, hoy pueden resolverse en una fracción de ese tiempo.

Analizamos más rápido, pensamos más rápido, producimos más rápido, preparamos propuestas con mayor agilidad, investigamos, documentamos y desarrollamos ideas a una velocidad que hace apenas tres años habría parecido imposible.

Sin embargo, hay una pregunta que empieza a aparecer con cierta insistencia. Si ahora somos capaces de producir diez veces más rápido, ¿por qué no vendemos diez veces más?

La respuesta parece evidente cuando uno la formula así, pero creo que encierra uno de los cambios más importantes que la inteligencia artificial va a provocar en la gestión empresarial. La IA no multiplica automáticamente el crecimiento, lo que hace es desplazar el cuello de botella.

Durante muchos años, especialmente en empresas de servicios profesionales, el crecimiento estaba estrechamente vinculado a la capacidad productiva. Más clientes significaban más trabajo. Más trabajo exigía más personas. Más personas permitían producir más y esa mayor capacidad productiva permitía, a su vez, incrementar la facturación.

La relación era bastante lineal. En una agencia, si querías asumir cinco proyectos adicionales, probablemente necesitabas ampliar el equipo de diseño, cuentas, estrategia, programación o contenidos.

La inteligencia artificial ha empezado a romper esa relación. Hoy una empresa puede aumentar enormemente su capacidad de producción sin aumentar sus recursos en la misma proporción. El problema es que el resto del sistema empresarial no acelera a la misma velocidad.

Podemos imaginar cualquier negocio como una cadena relativamente sencilla: demanda, confianza, decisión, venta, producción, entrega y cobro. La inteligencia artificial está comprimiendo de forma extraordinaria algunas de esas etapas. Sobre todo, análisis, documentación, ideación, producción y ejecución. Pero otras siguen funcionando prácticamente a velocidad humana.

Un cliente puede recibir una propuesta comercial mucho antes que hace unos años, pero eso no significa que vaya a decidir antes. Puede necesitar discutirla internamente, conseguir presupuesto, comparar proveedores, negociar condiciones o esperar al siguiente comité de dirección.

La IA puede ayudarnos a preparar una propuesta en veinte minutos. El cliente puede tardar seis semanas en aprobarla y ahí aparece la paradoja. Una parte de la empresa se ha acelerado brutalmente, mientras otras continúan funcionando a velocidades muy similares a las de siempre.

La organización completa, por tanto, no avanza a la velocidad de su proceso más rápido. Avanza a la velocidad de su proceso más lento y, bajo esta nueva realidad, esos cuellos de botella se hacen mucho más visibles. La IA no los elimina, simplemente cambia de sitio aquello que frena el crecimiento.

Durante décadas, el cuello de botella de muchas compañías estaba en la producción, ahora empieza a estar en otro sitio, en muchos casos, en las ventas.

La comparación más sencilla sería pensar en un restaurante que instala una cocina capaz de servir mil platos diarios. La capacidad productiva del restaurante se multiplica, pero la nueva cocina no consigue automáticamente mil clientes. Ha aumentado su capacidad de servir. No su capacidad de atraer.

Exactamente lo mismo está ocurriendo en muchas empresas. La IA escala la oferta mucho más rápido que la demanda y esto introduce, además, otro fenómeno interesante: nuestros competidores también pueden producir más.

La capacidad productiva no está aumentando solamente dentro de nuestra empresa. Está aumentando en todo el mercado. Hay más contenido, más propuestas, más análisis, más campañas, más productos y más capacidad de ejecución persiguiendo una demanda que no crece al mismo ritmo. Eso significa que producir deja progresivamente de ser la principal ventaja competitiva y cuando algo se vuelve abundante, normalmente empieza a perder valor.

Durante años, determinadas tareas profesionales estaban asociadas a muchas horas de trabajo. Esa dificultad contribuía también a justificar su precio. Ahora cualquier cliente sabe que existen herramientas capaces de producir textos, imágenes, análisis o presentaciones en segundos.

Por supuesto, producir algo no significa producir algo bueno y mucho menos significa tener criterio. Pero la percepción de valor sí está cambiando. Esto obligará a muchas empresas de servicios a desplazar su propuesta hacia territorios donde el valor sea más difícil de replicar: la experiencia, el criterio, la especialización, la responsabilidad, el conocimiento del negocio, la confianza y la capacidad real de generar resultados.

Lo dicho: la inteligencia artificial puede democratizar la ejecución, no democratiza automáticamente el criterio.

Hay otra confusión que creo que los empresarios debemos evitar. Me refiero a identificar productividad con crecimiento. No son lo mismo. La productividad mide cuánto somos capaces de producir utilizando determinados recursos. El crecimiento mide cuánto valor conseguimos colocar en el mercado.

Una empresa puede duplicar su productividad y mantener exactamente la misma facturación. Incluso podría reducir costes, mantener ingresos y multiplicar su rentabilidad. Eso sería una mejora extraordinaria del negocio, pero no necesariamente crecimiento.

La sensación de frustración aparece cuando confundimos ambas cosas. Cuando observamos que nuestra organización es capaz de hacer muchísimo más y asumimos que el mercado debería comprarnos muchísimo más, pero la capacidad disponible no genera demanda por sí sola.

Por eso creo que la inteligencia artificial nos está obligando a cambiar una de las preguntas clásicas de cualquier dirección empresarial. Durante años nos hemos preguntado ¿cómo podemos producir más? y la pregunta ahora debería ser ¿cómo conseguimos que el mercado absorba toda la capacidad que somos capaces de producir?

Ese pequeño cambio contiene una transformación estratégica enorme. Porque cuando producir deja de ser el principal límite, el crecimiento depende cada vez más de otras capacidades como el posicionamiento, la generación de demanda, la distribución, la reputación, las relaciones comerciales, la confianza y las ventas.

En la economía anterior a la IA, producir era caro. En la nueva economía, producir será progresivamente más barato. Lo verdaderamente caro será conseguir atención. Atención de clientes, de decisores, de distribuidores, de inversores, de talento y del propio mercado. Y cuanto más contenido y más oferta seamos capaces de generar entre todos, más escasa será precisamente esa atención.

Por eso he terminado formulando esta idea como una especie de ley empresarial personal: la ley del cuello de botella desplazado.

La inteligencia artificial no multiplica automáticamente el crecimiento de una empresa. Multiplica la capacidad de determinadas partes del sistema. Cuando esas partes dejan de ser la principal restricción, el crecimiento pasa a estar limitado por el siguiente cuello de botella.

Ayer podía ser producción. Hoy probablemente sea ventas. Mañana quizá sea nuestra capacidad para diferenciarnos y generar demanda en un mercado donde producir será prácticamente ilimitado.

Y esto tiene una consecuencia que considero especialmente relevante. La inteligencia artificial hará mucho más productivas a las buenas empresas, pero también dejará mucho más claro cuáles saben realmente vender.

Suscríbete a nuestra
newsletter semanal

Accede a lo más leído, lo más útil y lo más nuevo del ecosistema emprendedor